En verano las ciudades se vacían y lo llamamos descanso. Durante el año las habitamos como quien atraviesa una cinta transportadora: trabajar, consumir, pagar, esquivar turistas, ruido, y alquileres imposibles. Se han vuelto eficaces para producir cansancio y rentables para convertirlo todo en experiencia.

Lo que debería ser barrio se parece cada vez más a un escaparate: cafés idénticos, pisos turísticos y ocio empaquetado. Tal vez, la pregunta no sea solo dónde vamos en vacaciones, sino por qué necesitamos irnos para respirar. Una ciudad digna debería ser un lugar donde la vida pese menos: con sombra, vivienda, silencio, bancos y bibliotecas.

Descansar no debería depender de escapar .