Antes siquiera de que comenzara el Mundial, las calles de aquel domingo de junio se debatían entre el rugir de las peñas vaticanas y el entusiasmo por los conciertos multitudinarios de Bad Bunny . Así lo atestiguaban tanto el fervor blanco y dorado como las conversaciones de la terraza. Sentado en una de las mesas, un hombre revisaba ante la atenta mirada de su novia el álbum de cromos del Campeonato del Mundo.

“La última vez que lo hice fue en 2010, cuando tenía 11 años. Hacerlo ahora es como volver a ser niño”, le explicaba a su novia. Entonces, ni el presagio soñaba con una España en la final de Nueva York.