Hace poco más de un año la socialdemócrata danesa Mette Frederiksen y la neofascista italiana Giorgia Meloni formalizaban una nueva alianza europea que rompe con los remilgos ideológicos del pasado. En una carta conjunta de tono orwelliano, las primeras ministras y sus aliados reprochaban al Tribunal Europeo de Derechos Humanos que limitase su margen de maniobra a la hora de lidiar con los criminales extranjeros. Alegando la necesidad de escuchar al pueblo, se preguntaban si las viejas convenciones internacionales “están a la altura de los desafíos de nuestro tiempo” y afirmaban que “lo que un día fue correcto puede no ser la respuesta de mañana”.

Desde entonces, la lista de asuntos que “un día fueron correctos” y hoy conviene pasar por la trituradora legislativa parece no tener final, como demuestra el reciente reglamento europeo que permite crear en terceros países centros de detención y castigo para solicitantes de asilo.