<img src="https://imagenes.elpais.com/resizer/v2/3SZDRPQIOFGP3H5WF3SBT4CZ7E.jpg?auth=4378b802191ec95cdd5f751d7bc97c5fa85805e35d9f23a479b470d3b02eb540" width="2000" height="1500" alt="Un hombre observa jeroglíficos e inscripciones en el patio del Museo Nacional de Jartum, con signos de destrucción...
Jamal mete la llave en el candado, gira la cerradura hacia la derecha y saca la cadena que abraza la puerta de metal. Da un paso, otro, y entra en la habitación, grande y oscura. Sobre una gruesa capa de polvo se extienden vestigios de la batalla de Jartum , una contienda que ha pasado a la historia como la más larga del país y la más prolongada jamás librada en una capital africana.
Frente a él, miles de casquillos de munición de gran calibre, drones, granadas de mano, morteros, ametralladoras DShK, cargadores sin vaciar, cananas de balas… Nada fuera de lo común en un escenario de guerra, salvo por un detalle: la habitación no forma parte de una instalación militar, sino del Museo Nacional de Sudán.
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